
Él estaba en su habitación, echado en la cama, mirando cada uno de los e-mails de esa persona que un día fue todo lo que deseaba, su motivo para vivir, y se acordó del dolor que le había causado esa chica. Había sufrido. Todo, palabras, gestos, aromas, cada parte de su habitación le recordaban a ella. Decidió que lo mejor sería no volver a verla, sufrir en silencio y odiarla por amor. Seguiría adelante, dejando atrás el amor de su vida, el que nunca olvidará.
Ella, con el portátil, viendo una carpeta con fotos. Fotos suyas. Fotos con sus amigos. Fotos con chicos que le habían gustado. Y, finalmente, su carpeta. Sus fotos. Había acabado, una vez más, ahí. Volvió a recordar cuánto quería a ese chico, lo bien que estuvieron juntos y sabía que había dejado escapar el amor de su vida. Y reflexionó, y pensó que para que volviera a ella, para que volvieran a ser uno, tendría que hacer un gran esfuerzo. Sabía que lo tenía que intentar, porque no quería ni otros besos, ni otros labios, ni otras manos que la hicieran sentir como lo hacía él.